La Mandrágora


Allá por 1981, cuando Tejero se puso a enseñar la pistolita en el Congreso y la Movida campaba a sus anchas por España, tres bohemios, tres melenudos, tres renegados de la vida grabaron un disco en La Latina, en el bar de la Mandrágora. Estos cantautores de pacotilla eran Joaquín Sabina, Javier Krahe y Alberto Pérez. El primero tenía una voz que era un portento, el segundo tenía unas letras que podrían definirse como elegantemente groseras, y el tercero tenía una voz dulce o acrobáticamente cómica, según le diera.

Estos tres, actualmente ya hitos de la canción española, sacaron a la luz un disco grabado con público, una maravilla socialmente crítica, profundamente poética y realmente divertida. Un verdadero homenaje a la música de cantautor, que en ese momento ya llegaba a su canto de cisne. El disco está plagado de versiones de Brassens, de composiciones propias y de alguna canción del mismísimo Chicho Sánchez Ferlosio. Y aunque las canciones exudan carisma por todos lados, este es un trabajo al cual favorece muchísimo que haya sido grabado con público, las risas, los aplausos y los diálogos dan un ambiente de intimidad, tal y como era la Mandrágora un bar pequeño.

 


El disco comienza con dos canciones de Javier Krahe, Marieta, una canción sobre una mujer que no para de hacerle la puñeta, y Un Burdo Rumor, una canción sobre las malas lenguas que hablan sobre el tamaño y grosor de cierto tipo de órgano masculino. El público ríe, la gente se lo pasa bien, y Javier Krahe adelanta al shitposting de internet cuarenta años antes.

Después llegan quizás las dos canciones más conocidas del disco debido al posterior éxito de Sabina, Pongamos que Hablo de Madrid y Pasándolo Bien, siendo la primera basada en una melodía de Antonio Sánchez y ambas escritas por Sabina. Quizás sean las canciones que menor interés pueden suscitar debido a que todo el mundo las ha escuchado, aunque siempre está bien oír las versiones anteriores de canciones famosas.

Tras esto llega Cromosoma, un himno a favor del ateísmo de Javier Krahe, que ya apuntaba maneras antes de que le acusasen de ofender los sentimientos religiosos por aquel vídeo en el que cocinaba a un cristo crucificado. Y es que “Prefiero caminar con una duda, que con un mal axioma”, dice Krahe, al quien acompañan los juegos vocales de Alberto Pérez que llega casi a hacer scat.

El disco continúa con Un Santo Varón y Mi Ovejita Lucera, dos canciones interpretadas por Alberto Pérez, quizás el menos conocido de los tres y el que mejor canta. En la primera se pueden sentir identificados muchos incels, ya que las mujeres son tentadoras y hay que tener cuidado con ellas y se canta, “Yo quiero ser padre, pero sin mujeres”. Por otro lado, en Mi Ovejita Lucera es en donde se puede ver de verdad la intimidad y el buen rollo tremendo que se tuvo que respirar en ese bar aquel día, aparte claro está, de la cantidad ingente de humo que tenía que haber allí pululando. Mi Ovejita Lucera es una canción infantil sobre una oveja que se ha roto una pata, y también una excusa perfecta para que estos tres pudieran imitar los balidos de una oveja. Una obra maestra.

 


La siguiente canción es Villatripas, en la que dos pueblos compiten por ver quien tiene la escultura más bonita, Villatripas de arriba ha hecho una Venus Afrodita, mientras que en Villatripas de abajo se ha echado en porretas a la Jacinta al pilón. Javier Krahe demuestra continuamente su talento para la rima, su capacidad para juntar palabras imposibles sin darse importancia y de ser gracioso. La sigue La Tormenta, interpretada por Alberto Pérez y siendo original de Brassens, el cantautor francés. Esta es la historia de dos vecinos que se enamoran en una tormenta. Mientras que el marido de la mujer se va a trabajar, a esta le da miedo y se junta con el vecino, acabando los dos encantados con la tormenta. Una tonadilla ligeramente triste, con tono divertido pero desencantada, a la que la voz de Pérez solo puede mejorarla.

 Adivina, Adivinanza continua el disco, que se significa como una broma interna para los españoles, un recorrido por personajes históricos y no tan históricos que van al funeral del protagonista de la adivinanza, como Torquemada, Pemán o una teta disecada de Agustina de Aragón. Tampoco hay que ser muy listo para saber de quien se trata, teniendo especial en cuenta el año que en que se canta. Una pista, empieza por F y acaba con ranco. La canción, escrita e interpretada por Joaquín Sabina, realiza una crítica social y a la vez una canción desahogo de esa juventud que se había quitado un enorme peso de encima. Una prueba de que la música social no tiene que ser en absoluto seria.

 Nos Ocupamos del Mar es quizás la canción más seria y bonita del disco. Cantada por el genio de Albero Pérez y escrita por Krahe, es un canto a la vida en común, un anhelo de utopía. Es una puñalada a quien estuviese escuchando tranquilamente canciones cómicas y que de repente se encontraba con una balada de una profundidad de vértigo.

 

 

Pero rápidamente este tono se borra y vuelve el cachondeo, a donde íbamos a parar. La Hoguera es un repaso por las maneras de aplicar la pena capital, de las cuales entre todas se prefiere la hoguera, por romanticismo, porque tiene un nosequé, porque sí, porque le da la gana a Krahe. Ante todas esas moderneces como la Silla Eléctrica y la Cámara de Gas, que obviamente tienen sus méritos, la Hoguera tiene un je ne sais quoi que te hace elegirla.

El disco acaba con Círculos Viciosos, una canción escrita por Ferlosio e interpretada por Alberto Pérez y Sabina. Como Adivina Adivinanza, los cantautores demuestran con esta canción que la crítica social puede ser divertida y original. A base de tautologías o de proposiciones que se muerden la cola, se quiere mostrar en sinsentido de algunas cosas. “¿Por qué está de jefe? Porque va a caballo, ¿por qué va a caballo? porque no se baja, ¿por qué no se baja? porque vale mucho, ¿y como lo sabe? Porqué está claro, ¿y por qué está tan claro? Porque está de jefe.

La Mandrágora se convierte para todo aquel que la escucha en un muy buen recuerdo. Una experiencia que te transporta automáticamente a un bar de mala muerte de Madrid con gente borracha. Pero es, sobre todo, una antología de canciones inolvidables, un homenaje al mundo del cantautor, un disco con una gran crítica social, pero especialmente, un disco con mucho humor.




Escrito por Juan de la Fuente.
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